Dice la leyenda local que existía una joven llamada Jacinta Reyes, la cual era de las más hermosas de la región.
Su cabello era largo y de un color oscuro como la noche. Su piel era extrañamente blanca y ni el sol inclemente de la provincia pudo jamás oscurecer en lo más mínimo la nívea tonalidad que ostentaba. Sus pies eran de nácar y casi siempre los cargaba o descalzos o en sandalias que apenas cubrían en algo la belleza de los mismos. Sus pequeños deditos invitaban a la contemplación y a la adoración.
Desde que nació lo único que había traído al mundo había sido luz. Muchos aseguraban que al fijar la vista en su rostro sentían como si de la doncella irradiara una luz que crecía de forma gradual. Entre más tiempo se mantenía la mirada aumentaba en la misma proporción el brillo. Casi se podía decir que dentro de ella había un sol, al cual se podía atisbar por poco tiempo a través de los ojos de la chica.
Se cuenta que varios perdieron la vista producto de no haber apartado la vista a tiempo.
Al nacer, su papá se decepcionó al enterarse del sexo de su vástago, ya que lo que él necesitaba eran un par de brazos fuertes para trabajar en la finca, y no otra molestia más. Sin embargo, cuando la partera puso la pequeña humanidad de su hija en sus brazos, cayo preso del embrujo que de allí en adelante Jacinta causaría en todos los que tenían el infortunio de acercársele.
Jacinta nunca supo lo que era pasar trabajo, ya que sus padres eran lo suficientemente pudientes para asegurarse que así fuera.
Nunca se le conoció novio.
Cuando llegó a la pubertad, jóvenes y viejos comenzaron a pretenderla, pero Jacinta jamás les correspondió. Ella prefería vagar por la sabana y por los bosques, en comunión plena con la naturaleza.
Su padre siempre censuraba estas escapadas en duros términos, ya que para él era inconcebible que una mujer estuviera vagando por la foresta sola y sin la compañía de un hombre. Sin embargo, Jacinta siempre fue un espíritu libre, la cual siempre hizo su voluntad.
Tal era su indiferencia por todo lo relacionado con el amor que al llegar a edad de merecer empezó a circular el rumor que Jacinta era retrasada o por lo menos anormal.
“¿Cómo es posible que alguien tan hermosa sea tan indiferente a los hombres”, se preguntaban. Jacinta nunca abrió su boca al respecto, ya que era de pocas palabras, casi un animalito salvaje.
El día que dio a conocer su embarazo fue durante la cena. Su padre casi se atora con un hueso de gallina. Hubo que darle sendos espaldarazos para que recuperara la respiración. Por suerte ese día habían invitados varones que se encargaron fregarle el mandado a la parca
“Estoy preñada papá”, fue todo lo que dijo. Se dio la vuelta y se retiró a su cuarto, mientras su padre yacía en el suelo, luchando por su vida.
De nada valieron amenazas; gritos y hasta golpes: nunca dijo quién era el padre de la criatura.
- “¡Carajo!, bien decía mi abuelo 'Cuídame de las aguas mansas, que de las bravas me cuido yo'", fue todo lo que atinó a decir Don Chencho cuando se convenció que su hija nunca hablaría.
El cadáver de Jacinta lo encontraron tres días después.
Había quedado atascado entre dos rocas del río en “La Angostura”.
Tenía múltiples golpes y el cráneo estaba totalmente fracturado en la nuca. El resto de su cuerpo se encontraba bajo el agua y grotescamente doblado, producto de la fuerza de la corriente del río contra las rocas que impedían continuar su viaje río abajo.
Cuando Don Chencho llegó para reconocer si efectivamente se trataba de su hija, no tuvo ni siquiera que acercarse: su piel brillaba bajo el agua y le daba un aire de delfín blanco.
Nadie había visto llorar a Don Chencho y ese día no fue la excepción. Sin embargo, los que se encontraban cerca de él pudieron escuchar como de su garganta surgió un sonido gutural y siniestro, que no podrían olvidar el resto de su vida, muy parecido al producido por las burbujas en un mar de lava al explotar en la superficie: era puro dolor contenido.
Muchas teorías surgieron en un pueblito donde lo único que había para entretenerse era “bochinchear”. ¿Suicidio? ¿Asesinato? ¿Accidente? Nadie lo podía decir.
Sin embargo, y para dar pie a la leyenda, un trabajador del campo comentó que había visto como Jacinta corría como alma que se lleva el Diablo por el bosque que rodea esa área de la “La Angostura”. Juraba por todos los santos que alguien iba detrás de ella con claras intenciones de detener su frenética carrera.
Nunca pudo describir al misterioso perseguidor, pero lo que si pudo decir es que todo en él indicaba una fiera determinación.
- “Parecía que lo único que le interesaba era agarrar a Jacinta y terminar con ella”, indicó el campesino. Según el testigo, lo que le hizo santiguarse fue que tanto Jacinta como su perseguidor corrían sin producir absolutamente ningún sonido.
En realidad el testigo tenía fama de borrachín, por lo que mucha gente no le creyó.
Se sospechó del padre; del novio desconocido; hasta se argumentó que era el mismo Diablo que quería llevársela para reclamar su hijo.
Lo que si es cierto es que a partir de ese momento empezó a circular el rumor de que en esa parte de “La Angostura” aparecía el ánima de Jacinta.
Para confirmar que había algo de verdad en el cotilleo empezaron a aparecer cadáveres de hombres, de todas las edades, en las aguas del río Zaratí.
Todos ellos eran expertos en el área y difícilmente se podía concebir que hubieran caído al río por accidente.
De allí en adelante todos los hombres del pueblo evitaron esa área del cañón y los pocos que se atrevieron a pasar por allí inevitablemente aparecían en las aguas del Zaratí.